Hoy vivimos no una, sino dos crisis energéticas en un periodo extraordinariamente corto, lo que revela un entorno global mucho más frágil e impredecible de lo que solíamos asumir.
La primera sacudida llegó en 2022 con la invasión de Rusia a Ucrania. Lo que sí es evidente es que la estabilidad ya no puede darse por sentada, y que la resiliencia, tanto en políticas públicas como en modelos de negocio, será el verdadero activo estratégico en los años por venir.
Podemos extraer muchas lecciones de estas dos crisis, pero una que considero central, es que el futuro energético no solo será más limpio, sino también mucho más incierto.
Las crisis energéticas no son eventos nuevos, sin embargo, hasta ahora, habían sido fenómenos de larga gestación y ciclos amplios. Se construían lentamente, detonaban con fuerza y tardaban años, incluso décadas, en disiparse.
La confrontación encabezada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha vuelto a sacudir los mercados globales, llevando los precios del petróleo y del gas natural a niveles récord. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. A la par de estas crisis, la evidencia científica reciente apunta a una aceleración preocupante del calentamiento global.
Entre 2015 y 2025, la temperatura promedio del planeta aumentó aproximadamente 0.35 grados Celsius, una cifra significativamente superior al promedio de menos de 0.2 grados por década observado entre 1970 y 2015.