No son amenazas aisladas: son riesgos que se alimentan de sociedades fragmentadas, con baja confianza y con oportunidades desiguales. Y aquí hay una conexión directa que no podemos ignorar. La promesa educativa global está, literalmente, desfasada por generaciones. México no es ajeno a esta realidad. Hoy el problema ya no es solo el acceso, es la permanencia y, sobre todo, la equidad. A nivel global, 273 millones de niñas, niños y jóvenes siguen fuera de la escuela. No vamos a llegar a la educación secundaria universal en décadas. La pregunta de fondo no es cuántos estudiantes están en la escuela, sino cuántos encuentran en ella un espacio donde vale la pena quedarse. En un mundo lleno de riesgos, la felicidad no es un lujo: es un indicador de resiliencia social. El mundo ha logrado avances importantes: hay más niñas y niños en la escuela que nunca. Pero se estancó en justicia educativa. Y la educación es uno de sus principales determinantes. Es decir, no basta con estar en la escuela; importa profundamente cómo se vive la experiencia educativa. Y ahí aparece una paradoja poderosa: países más ricos no necesariamente son más felices, y algunos países con mayores desafíos estructurales logran niveles de bienestar más altos de lo esperado. México es un caso revelador. Alimenta, sin querer, las condiciones que hacen más probables esos riesgos globales. Dicho de otra forma: la educación no es solo una política social, es una política de estabilidad. Y esos elementos no se construyen espontáneamente: se aprenden, se viven y se fortalecen —o se debilitan— en espacios como la escuela. Por eso, insistir únicamente en cobertura, en infraestructura o incluso en tecnología es insuficiente. La educación media superior sigue siendo el gran filtro: ahí es donde miles de jóvenes abandonan, no por falta de capacidad, sino por condiciones estructurales que el sistema no logra compensar. Y más preocupante aún: el progreso se ha estancado desde 2015. Porque en contextos de incertidumbre, las sociedades que logran sostener bienestar son aquellas que tienen redes, confianza y sentido de comunidad. Un sistema educativo que no logra retener, incluir y generar sentido de pertenencia no solo falla en formar capital humano; también debilita el tejido social. No depende únicamente del ingreso, sino de factores como la confianza, el sentido de comunidad, la salud y la libertad. Esto no significa que estemos bien, sino que hay elementos —como los vínculos sociales y el sentido de pertenencia— que están sosteniendo el bienestar incluso en contextos adversos. Pero esta historia tiene una grieta profunda. Y aquí es donde la conversación sobre felicidad se vuelve crítica. El mismo Reporte Mundial de la Felicidad subraya que el sentido de pertenencia —particularmente en la escuela— tiene un impacto mucho mayor en el bienestar de los jóvenes que factores como el uso de redes sociales. Sin embargo, los datos dicen lo contrario: entender la felicidad hoy es entender qué está funcionando —y qué no— en nuestras sociedades. El más reciente Reporte Mundial de la Felicidad nos recuerda algo fundamental: la felicidad no es una emoción pasajera, es una medida robusta del bienestar social. En un mundo atravesado por crisis simultáneas —climáticas, económicas, tecnológicas y sociales— hablar de felicidad puede parecer, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, irrelevante. Pero hoy, esa promesa está incompleta. Porque si cruzamos estos datos con el más reciente informe global de educación de la UNESCO, el panorama se vuelve más complejo. Se mantiene dentro del top 15 global, por encima de economías más desarrolladas. Como señala el reporte, “llevar a los niños a la escuela es solo la mitad de la batalla”. Una escuela que no genera pertenencia, que no reconoce, que no incluye, puede ser tan expulsiva como la falta de acceso. Ahora bien, si a esta ecuación sumamos el Reporte de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial, el diagnóstico se vuelve aún más urgente. Sin embargo, ese progreso es engañoso. Entre los principales riesgos identificados para los próximos años están la desinformación, la polarización social, la pérdida de cohesión y las crisis económicas prolongadas. Hemos logrado abrir la puerta de la escuela a millones. Pero no hemos garantizado que quieran —ni puedan— quedarse dentro. Y mientras no resolvamos eso, seguiremos viviendo en una paradoja incómoda: sociedades que, a pesar de todo, logran ser felices… pero sobre sistemas que no están diseñados para sostener esa felicidad en el tiempo. El verdadero desafío es más profundo: diseñar sistemas educativos que no solo incluyan, sino que integren; que no solo enseñen, sino que conecten. Avanzó en cobertura, sí.
Educación y estabilidad: los desafíos de México
La educación global enfrenta serios problemas más allá del simple acceso. El artículo analiza cómo la fragmentación social y la falta de pertenencia afectan el bienestar de la juventud y la estabilidad social, usando México como un caso de estudio.