La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha dado un gran paso en firme hacia la utilización del fracking para la extracción de gas natural, tras más de 18 meses de dubitaciones. Esta decisión marca un cambio de rumbo frente a la postura ideológica de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, quien construyó su legitimidad sobre símbolos como su rabiosa oposición al fracking, una frontera moral contra el pasado neoliberal. Sheinbaum, en cambio, fue extremadamente cuidadosa, dejando un espacio de maniobra político al condicionar la decisión a un estudio de impacto ambiental, que se entregará en dos meses. Al final, el fracking no es el problema; el verdadero conflicto es si Sheinbaum está dispuesta a gobernar con la realidad o a seguir administrando la herencia. México no puede seguir dependiendo de la voluntad y los chantajes de una persona, cuya ceguera ante la realidad buscó igualar a los mexicanos en la pauperización. La necesidad de recursos urge, la demanda de energía no espera, y la geopolítica tampoco. En su anuncio, Sheinbaum dijo que la producción en yacimientos no convencionales permitiría elevar la producción de gas natural hasta en 260% en una década, ayudando a reducir las importaciones de Estados Unidos. Esta decisión, si se confirma, significará la corrección de una de las decisiones más emblemáticas de López Obrador.
Sheinbaum cambia de rumbo: México apuesta por el fracking
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, decidió reanudar la extracción de gas de esquisto mediante fracking, alejándose de las políticas ideológicas de su predecesor. Este paso busca lograr la soberanía energética y resolver problemas económicos, a pesar de las contradicciones políticas internas.